Como madre, no solo me preocupa cuánto tiempo pasan mis hijos delante de una pantalla. Cada vez me preocupa más qué están aprendiendo a considerar divertido dentro de ella. Hemos normalizado vídeos de humillaciones, bromas pesadas y personas expuestas mientras miles se ríen. Y quizá antes de mirar únicamente lo que consumen nuestros hijos tengamos que preguntarnos qué hemos normalizado también nosotros.
Hay algo de las redes sociales de mis hijos que cada vez me preocupa más.
Y no son solamente las horas que pasan delante de una pantalla.
Es lo que pueden llegar a ver durante esas horas.
Porque podemos controlar que estén media hora, una hora o el tiempo que hayamos decidido en casa.
Pero dentro de ese tiempo pueden aparecer vídeos completamente diferentes.
Una persona cayéndose mientras todos se ríen.
Una “broma” que consiste en asustar muchísimo a alguien.
Una pareja exponiendo al otro para grabar su reacción.
Alguien llorando mientras otra persona continúa grabando.
Niños expuestos en momentos que probablemente nunca elegirían enseñar a miles de desconocidos.
Personas provocando deliberadamente a otras hasta conseguir que exploten porque, claro, esa reacción luego da para un vídeo estupendo.
Y comentarios llenos de risas.
Y millones de reproducciones.
Y entonces yo, como madre, me pregunto:
¿en qué momento hemos empezado a considerar todo esto entretenimiento?
El problema es que los adultos también nos reímos
Sería muy fácil escribir este artículo hablando de “los jóvenes de ahora”.
Pero sería bastante injusto.
Porque nosotros también consumimos ese contenido.
Nos llega un vídeo por WhatsApp.
Lo vemos.
Nos reímos.
Se lo mandamos a alguien.
Nos aparecen vídeos similares y seguimos mirando.
Y sin darnos demasiada cuenta vamos normalizando que ver a alguien pasar vergüenza, enfadarse o quedar en ridículo puede ser divertido.
Y aquí hay una pregunta que intento hacerme también a mí misma:
¿cómo voy a explicarle a mi hijo que no está bien reírse de alguien al que están humillando si cinco minutos antes me ha visto a mí riéndome de algo parecido?
No digo esto para culpabilizarnos.
Yo también me he reído con vídeos en internet.
Pero creo que como adultos tenemos que empezar a mirar con un poquito más de atención qué estamos normalizando.
Porque educamos cuando hablamos con nuestros hijos.
Pero también educamos con aquello que nos hace gracia.
“Mamá, si solo es una broma”
Esta frase me parece especialmente interesante.
Porque claro que podemos hacer bromas.
Claro que podemos reírnos.
Y tampoco quiero convertir cada vídeo absurdo de internet en una clase sobre valores.
Pero hay una diferencia que creo que tenemos que enseñar:
no es lo mismo reírnos con alguien que reírnos de alguien.
Si para que tú y otros miles de personas os divirtáis alguien tiene que sentirse avergonzado, asustado, expuesto o ridiculizado, quizá merece la pena hacernos alguna pregunta.
¿Esa persona sabe que la están grabando?
¿Quería que ese momento terminara en internet?
¿Se está riendo también?
¿O estamos llamando “broma” a algo que solamente resulta divertido para quien está al otro lado de la pantalla?
Como madre, esto me da bastante vértigo
Porque hay algo que tengo claro:
yo no voy a poder controlar absolutamente todo lo que ven mis hijos.
Puedo poner límites.
Puedo controlar determinadas aplicaciones.
Puedo adaptar el acceso a su edad.
Puedo revisar y acompañar.
Pero llegará un momento en el que delante de esa pantalla estarán ellos y yo no.
Y esa es probablemente una de las cosas que más me preocupan de educar hijos en esta época.
Por eso cada vez pienso menos únicamente en:
“¿Cuánto tiempo llevas con el móvil?”
Y más en:
“¿Qué estás viendo en el móvil?”
O incluso en una pregunta que para mí es todavía más importante:
“¿Qué cosas estás aprendiendo a considerar normales mientras lo miras?”
No quiero convertirme solamente en la policía del móvil
Porque controlar tiene un límite.
Y si toda nuestra educación digital consiste en quitar el teléfono, limitar horarios o revisar historiales, el día que no podamos hacerlo nos quedamos sin demasiadas herramientas.
Yo quiero saber qué creadores ven mis hijos.
Qué vídeos les gustan.
Qué cosas les hacen gracia.
Qué contenido les incomoda.
Y poder sentarme alguna vez con ellos a verlo.
No quiero saber únicamente cuánto tiempo llevas en TikTok. Quiero saber qué te hace gracia en TikTok.
Porque ahí podemos hablar de cosas mucho más importantes que las horas de pantalla.
Podemos hablar de empatía.
De intimidad.
De consentimiento.
De respeto.
Y de qué hacemos cuando vemos que alguien está cruzando determinados límites.
¿Qué intento hacer yo con mis hijos?
No tengo una fórmula perfecta.
Y tampoco quiero hablar como si en mi casa tuviera absolutamente controlado todo lo que aparece en una pantalla.
No es así.
Pero sí hay algunas cosas que intento hacer.
1. Preguntar qué están viendo
No solamente entrar en la habitación diciendo:
“Llevas demasiado tiempo con el móvil”.
A veces pregunto qué están viendo, quién es esa persona o por qué les gusta ese vídeo.
Y las respuestas dan bastante más información de la que pensamos.
2. Ver algunos contenidos con ellos
No puedo conocer cada vídeo.
Pero sí puedo saber qué tipo de contenido consumen y quiénes son algunos de los creadores que siguen.
Y además me permite entender mejor el mundo digital en el que ellos se están moviendo.
3. Intentar preguntar antes de soltar el discurso de psicóloga-madre
Que también cuesta.
En lugar de empezar inmediatamente con:
“Eso está fatal porque…”
podemos probar con:
“¿A ti esto te hace gracia?”
“¿Cómo crees que se está sintiendo esa persona?”
“¿Te gustaría que te grabaran a ti así?”
“¿Crees que sabe que este vídeo está publicado?”
A veces una buena pregunta consigue bastante más que un discurso de diez minutos.
4. Revisar también lo que consumo yo
Esta parte es menos cómoda.
Porque es muy sencillo revisar el móvil de nuestros hijos.
Revisar nuestros propios hábitos cuesta un poquito más.
Si comparto un vídeo en el que alguien aparece humillado, si me río delante de ellos o si normalizo determinados contenidos, también estoy transmitiendo un mensaje.
No necesito ser perfecta.
Pero sí creo que tengo que intentar ser coherente con aquello que después les pido.
5. Enseñar que no compartir también es hacer algo
A veces parece que si nosotros no hemos grabado el vídeo no tenemos ninguna responsabilidad.
Pero cada vez que compartimos un contenido contribuimos a que siga circulando.
Y quiero que mis hijos entiendan que pueden encontrarse algo desagradable sin convertirse en la siguiente persona que lo reenvía.
Entre la psicóloga y tú
No solamente tenemos que preguntarnos cuánto tiempo pasan nuestros hijos delante de una pantalla. También tenemos que interesarnos por qué están aprendiendo a considerar divertido, normal y aceptable dentro de ella.
No voy a poder evitar que mis hijos vean determinadas cosas
Y asumir esto me cuesta.
Porque como madre me encantaría poder poner un filtro perfecto.
Esto sí.
Esto no.
Esto todavía no.
Pero internet no funciona así.
Por eso mi objetivo no puede ser criar hijos que nunca vean contenido desagradable.
Mi objetivo tiene que ser ayudarles a construir criterio para cuando yo no esté delante.
Que puedan ver un vídeo que todo el mundo está compartiendo y pensar:
“Esto no tiene gracia”.
Que puedan preguntarse si esa persona quería aparecer ahí.
Que sepan que tener miles de comentarios riéndose no convierte una humillación en algo normal.
Y que entiendan que pueden decidir no compartirlo.
Pero para enseñarles eso también tengo que mirarme yo.
Porque quizá antes de preguntarnos:
“¿Qué están viendo nuestros hijos en internet?”
tenemos que hacernos otra pregunta:
“¿Qué les estamos enseñando los adultos que es normal mirar, compartir y encontrar divertido?”
Yo no puedo controlar cada vídeo que van a ver mis hijos.
Pero sí puedo intentar acompañarlos para que, cuando aparezca uno de esos vídeos y yo no esté delante, sean capaces de reconocer algo que me parece bastante importante:
que aunque tenga millones de reproducciones y todo el mundo se esté riendo, hay cosas que no tienen ninguna gracia.